La ruta de la muerte.

El sol había terminado de ocultarse cuando el patrón dirigió el bote hacia la inmensidad del océano. Abdou hizo un esfuerzo y se incorporó para mirar por encima de la banda de popa. Quería ver como la silueta de la costa, desvaneciéndose lentamente en la oscuridad de la noche, desaparecería mientras se alejaban mar adentro. Pero el patrón no se lo permitió y agarrándole por el cuello, le lanzó contra los demás ocupantes del bote. Nadie se quejó. Abdou, maldiciendo en silencio, gateó por la mezcla de vómitos y agua de mar que cubría el fondo del bote hasta donde descansaba su hermano mayor, Ibrahima.
Cuando Ibrahima cumplió cinco años, su padre decidió que su primogénito tenía edad suficiente para comenzar el aprendizaje del oficio familiar: la pesca. Su familia era propietaria de una pequeña lancha que había pasado de padre a hijo. Durante las últimas cinco generaciones esa lancha, el esfuerzo de los hombres para pescar las mejores piezas y la habilidad de las mujeres de su familia para vender en la calles su pescado antes que el del vecino, había sido la principal fuente de ingresos de la familia. Pero en los últimos años, los grandes pesqueros extranjeros había agotado los antaño abundantes bancos del litoral y la mayoría de los pescadores artesanos del país no tenían para seguir adelante. Por ese motivo, su padre decidió enviar a sus dos únicos hijos a la denominada ruta del mar y entregó a Ibrahima los pocos ahorros que había acumulado durante los años en los que la pesca lo permitió, más un millón de francos que consiguió durante una visita a la ciudad y cuya procedencia no quiso explicar. Las experiencia acumulada de Ibrahima como pescador, permitió a los dos hermanos ser aceptados rápidamente en un grupo que estaba preparado para partir y también que el hermano mayor entrara en los turnos para gobernar el bote.
Esa mañana, un golpe de mar traicionero estuvo apunto de hacer volcar el bote. La destreza de Ibrahima evitó la tragedia, aunque él acabó en el agua. Desde entonces no había dejado de temblar. Cuando Abdou se acurrucó junto a él, comprobó que había dejado de hacerlo. Se esforzó en olvidar el incidente que había tenido con el patrón hace unos minutos. Sabía que esta sería la última noche que pasarían en el bote y que pronto comenzaría para ellos un nueva vida. Una vida mejor. Imaginó como atracaban el bote al día siguiente en una playa de arena fina y brillante, donde hombres blancos les daban comida, agua y ropas secas; hombres que les decían que todo había terminado y que en este país iban a estar bien.

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